
Por muchos años tuve una relación considerablemente romantizada con los Estados Unidos de América. Desde mi primera visita a Disney World y todos los VHS que teníamos de la productora de Walt Disney, pasando por las incontables reproducciones de CDs en inglés de la colección de mi madre hasta la religiosa forma en la que me metía a leer blogs sobre bandas tanto legendarias como emergentes y encontraba abrumador el saberme apenas empezando dicha exploración. He dedicado tanto tiempo a los productos culturales estadounidenses, que pensar en separarme de ello del todo parecería un desperdicio. Películas, series, álbumes, caminar por Nueva York, las fotos del Gran Cañón, comer en Five Guys.
Sufjan Stevens es uno de los mejores artistas de este país del siglo XXI. Ya no tengo dudas. Para mí, usando esta misma entrada como prueba, la esencialidad de Sufjan rebasa cualquier percepción que pueda haberse formado sobre su persona y, como él tanto reflexiona, sobre su país de origen. Su aclamado quinto álbum, lanzado en 2005, fue el segundo en la dudosa propuesta que Sufjan hizo de dedicarle un álbum a cada uno de los 50 estados de la Unión Americana, después de haber lanzado Michigan en 2003. Fiel a la usanza del sueño americano, esto fue nada más un ardid, una fachada de maximalismo, que si bien los fieles admiradores de Sufjan lo consideraríamos capaz de lograrlo, el proyecto quedó en eso, una herramienta publicitaria. Lo grandioso de Illinois es que es una obra maestra y 20 años después, no hay nada que merme su brillantez.
Lo que enaltece aún más a Illinois, lo cual también se puede decir de Michigan, es que Sufjan Stevens aprovecha espacios, personajes, lugares e historia del estado en cuestión para expresar las dudas que le preocupan sobre su propia vida, haciendo conexiones que podrían parecer vagas, pero que resultan en una narración profunda y texturada. Desde eventos como un avistamiento de OVNIs hasta la forma desgarradora en la que Sufjan duda si él, en su mejor comportamiento, no es igual a John Wayne Gacy Jr., un asesino serial de Chicago que mató a muchos hombres jóvenes en los 70. Aún más devastador es su recuento de perder a una amiga y la crisis de fe que eso conlleva, relacionado con el día de Casimir Pulaski.
La instrumentación, tan colorida y de muchas capas, hace al álbum parecer la representación sonora de un paisaje que bien se podría ver en los parques nacionales americanos. Órganos por montones, cascables, acordeones, saxofón, flautas, coros, pianos, guitarras; no se qué instrumento no aparece en el álbum y aun más increíble, Sufjan mismo toca la mayoría. El sonido de Illinois es el que más denota su ambición. Sus 22 canciones que incluyen 9 interludios, hacen uso de su producción para pintar un escenario diferente cada vez. Si bien se puede hablar de cierta inconsistencia, más que nada en la segunda mitad, y que al final las canciones principales podrían funcionar de manera aún más efectiva sin los interludios; esto no son más que discusiones de un supuesto que, en vista de la musicalidad de Illinois, es difícil y hasta inútil tomar en cuenta.
Al final, no necesitamos más evidencia que la que el mismo álbum nos muestra en las entrañas de sus grabaciones. La pieza central, la llamativa e inspiradora ‘Chicago’, es justamente la tesis de Illinois. Que mejor que hablar de la bulliciosa ciudad, la más poblada del estado, que con sus rascacielos y multiculturalidad resulta un escenario ideal para las reflexiones idealistas del joven narrador. Es más que adecuado que es el número más notable del álbum y su melodía e incesante coro son inescapables una vez inmerso en ella. Sufjan lanzaría dos versiones diferentes en el álbum de extras y b-sides The Avalances (en sí una muestra más de lo ambicioso que Illinois fue en su grabación) las cuales a pesar de variar en la instrumentación e interpretación, mantienen la vitalidad de una canción memorable.
Muy a pesar de que el proyecto de 50 estados nunca se dio, Sufjan no abandonaría las ideas que lo ponen frente a frente con su identidad como estadounidense. ‘Fourth of July’ en Carrie & Lowell (2015) o más directamente ‘America’ en The Ascension (2020), son ejemplos de que en su música siempre hay espacio para ver hacia adentro de su nacionalidad y cómo eso ha definido y formado su identidad como persona y como artista. Illinois, enfatizo, es el máximo ejemplo de esto, y en su composición es un álbum que podría representar la tradición cultural de Estados Unidos: sin fin de referencias sociales, reflexión profunda sobre personajes históricos, la inentendible inacción para evitar tragedias sistémicamente, lo abrumadora que puede ser una gran urbe, la cual en paralelo es un escenario propicio para una profunda comprensión.
Hoy en día, mi relación con los Estados Unidos de América es una de amplia reflexión y encarnizado desdén. El panorama sociopolítico de nuestro vecino del norte en 2025 no es nada menos que la versión absoluta del proyecto de Estado imperial que comenzó en el siglo XIX. La historia escondida de EUA y la forma implacable en la que se ha impuesto en el mundo, destrozando sociedades y manipulando economías a su favor, no deja de ser aterradora, pero bajo análisis, la visión violenta, conservadora y discriminante que hoy gobierna ese país es hasta entendible sin necesidad de profunda explicación. Por esto he concluido que mucho del arte estadounidense que he apreciado por tantos años, existe a pesar y en contra del proyecto americano y no como un producto de este. Illinois evidencia el cariño de Sufjan Stevens por su país y la intrincada relación que tiene con su vida e identidad, y tras 20 años, su esplendor se mantiene fascinante y, sobre todo, en este contexto, esperanzador.

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