
En 2026, el disco compacto (CD) está en un lugar ambiguo: entre la añoranza de la gente de coleccionar discos de vinilo y el hecho de que nunca ha dejado de ser la fuente más confiable de música digital, perdió la relevancia que tuvo en su auge, pero no se ha dejado de producir. Irónicamente, gracias a la forma cíclica en la que el consumo se mueve, el CD está resurgiendo, después del resurgimiento del vinil, como una fuente más barata y más efectiva para que el artista gane dinero en la era del streaming y sobre todo gracias a entusiastas específicos, reivindicando su característica de música digital portable y que durará más de 100 años, según su marketing.
El CD a momentos parecería una analogía de lo que la electrónica representa en el escenario de la música popular en general. La música electrónica repensó el proceso creativo musical habilitando a los artistas para lanzar una mayor cantidad de trabajos valiosos en un mismo periodo de tiempo. Muchos artistas electrónicos son más prolíficos que sus contrapartes “acústicas” y encuentro paralelismos con la forma en la que el CD permitió acceso a música mucho más rápido y fácilmente que los discos de vinilo. En su momento el cambio de análogo a digital no solo fue instrumental, también trajo una nueva forma de expresión musical y esto está ampliamente demostrado por un sinfín de artistas y lanzamientos en la escena electrónica, la cual a veces puede ser abrumadora.
Entra en escena: Wolfgang Voigt, un artista tan enigmático como es influyente, que posee todas las características de un artista electrónico de su calibre: ecuanimidad, uso amplio de pseudónimos, pasión por lo intangible. Si alguna vez has escuchado hablar del acto Gas, él es la mente detrás. Ese pseudónimo se ha convertido en su más reconocido y es el que usa para lanzar sus trabajos más icónicos: dub techno tan texturado que realmente logra simular sonidos adentrados en un bosque frondoso, una de las inspiraciones de Voigt.
Esto es contexto importante para entender a donde llega y de donde viene Las Vegas de Burger/Ink. Este álbum, crucialmente, no suena como Gas, y tampoco se asemeja a otros trabajos de Voigt, por más que los enlaces son tangibles. Esto se debe, naturalmente, a que es un trabajo colaborativo con una luminaria un poco más inocua de la escena: Jörg Burger. Si bien su nombre no se asocia a trabajos influyentes, es un constante en la escena, y su trabajo es igual de prolífico que muchos de sus pares. Explico, por cierto: “Ink” viene de Mike Ink otro de los muchos pseudónimos de Wolfgang Voigt. Mi primer vago encuentro con el álbum fue la lista de los “Mejor álbumes de IDM (Intelligent Dance Music)” de Pitchfork. Me acercaría más inmediatamente a los primeros números de la lista, y ciertamente no me imaginé que el número 33 sería tan relevante para mí unos años después.
Lanzado en septiembre de 1996 en Europa (llegaría a América hasta 1998), Las Vegas es mi álbum favorito hoy por hoy (no puedo evitar aclarar: esto puede cambiar mañana), porque sintetiza todo lo que he buscado en la música electrónica pero también porque fue una serendipia en la exploración: la mezcla de trasfondos ambient, beats de baja intensidad y melodías entrañables creadas con la hiper-modificación de composiciones instrumentales, una combinación que para ese momento no había descubierto del todo entre los clavados al ambient, al dub y al minimal techno. Es una obviedad que este trabajo de Burger y Voigt no está solo en el panorama del IDM de explorar las posibilidades infinitas que ofrece el inspirarte en clubes berlineses mientras renderizas emociones de añoranza y lejanía con sintetizadores que se te graban hasta la eternidad. Ciertamente, en Las Vegas, los dos artistas alemanes conjuraron algo en particular que me atrajo a niveles insospechados.
¿Qué es ese algo? Explicarlo es una tarea compleja. A lo largo y ancho de mi exploración musical, se encuentran una gran cantidad de pivotes: álbumes, artistas, canciones, momentos ó conciertos que cambian la dirección de mis intereses, a veces implacablemente, otras veces, temporalmente. He intentado descifrar que es lo que en última instancia me empujo a estas latitudes, pero no he llegado a una respuesta contundente. Entre tantos factores están la repetición, la construcción del fondo de la mezcla con lentitud, sintetizadores programados con destreza, el ocasional sample, la eterna sensación de satisfacción con música que es creada como la antítesis de la música clásica: con los mínimos elementos posibles. Puedo pensar en ejemplos que empujaron este cambio de atención: “Love Cry” de Four Tet, “Silhouettes” de Floating Points y también. Music Has the Right To Children. Me encontré “Flim” de Aphex Twin en la iteración de los álbumes de compilación de Late Night Tales que curaron The Flaming Lips. Si me voy más atrás, llego a Give Up de The Postal Service o incluso Discovery, el cual por si solo debió haberme empujado hace mucho, pero si me cuesta explicar por qué ocurre, más aún explicar por qué no.
Las conexiones de Las Vegas con todo estos artistas y momentos son también trazables. En ese sentido, Voigt y Burger son probablmente inspiración de varios de estos. Pero algo que también usan Voigt y Burger es ver hacia atrás. Algunas canciones toman inspiración de canciones de Roxy Music o referencían a Elvis Presley, algo que llamó mi atención desde el principio. Voigt fue reconocido al principio como alguien apasionado del rock setentero, actos como T-Rex informan mucho de su trabajo. Ahora bien, la electrónica siempre se ha beneficiado del anacronismo: exiten subgéneros enteros que utilizan los samples con poco reparo, como otros de mis pivotes: Since I Left You. El ejercicio de usar voces del pasado como el elemento nuclear de un trabajo que no tiene voz por si mismo siempre me ha parecido inspirador. Pero es irónico: Las Vegas no los usa, más bien Voigt, con su amplia visión y talento para la renderización, superpone las capas de su producción a pasajes instrumentales compuestos por Burger, una combinación que se codea con el pop y puede sonar retro pero no deja de reconfigurar la química de tu cerebro al dejarte llevar. Hay música electrónica más visceral, más intensa y más despreocupada en mantener una forma, pero Las Vegas se siente como justo lo que yo necesitaba de este género.
Confirmo, 30 años no han pasado para Las Vegas. Pienso que esto es beneficiado por el hecho de ser música electrónica, como si la vida útil de un aparato le diera vida longeva a la grabación que crea. Canciones como “Elvism” o “Do The Strand” bien podrían seguir sonando en clubes europeos o michiguenses. “Milk & Honey” es tan apreciable como su combinación titular y “The Jealous Guy from Memphis” es tan eterna que la he tenido que repetir varias veces para poder disfrutar lo más posible su inolvidable melodía. Esta última me genera esa nostalgia de la que ya he escrito pero la forma en la que logra aislarte del mundo exterior es indudablemente atemporal. Lamentablemente, Voigt y Burger no lanzarían otra colaboración similar como Burger/Ink, pero si el CD de Las Vegas sobrevive un siglo en tus manos, su música seguirá resonando con la misma vigencia dentro de cien años.

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