
Alex Turner, Jamie Cook, Nick O’Malley y Matt Helders han tenido un nivel considerable de influencia en mi escucha diaria. Llegaron a ser mi banda favorita: incontables reproducciones de ‘The View From the Afternoon’ y ‘From the Rits to the Rubble’; un escrutinio desmesurado en el ciclo del lanzamiento de Humbug (2009), mi álbum predilecto del cuarteto; el objetivo innecesario de escuchar toda canción lanzada comercialmente, que finalmente se convirtió en una costumbre más que un real interés. Y aquí está el meollo de este asunto: por años después del lanzamiento del medianamente interesante Suck it and See (2011) creí que finalmente mi conexión con la banda había terminado, al menos de manera significativa. AM (2013) fue destacable pero nada que me atrapara como lo hacían antes. Inesperadamente, la banda tenía otros planes.
Es por el rumbo que han tomado en sus últimos dos álbumes que finalmente los he visto dos veces en vivo en menos de un año, para un total de tres veces. ¿La primera? Mi primer concierto en serio en el lejano 2010. Los Arctic Monkeys de ahora son diferentes, pero hoy en día tienen más espacio para dejar estrechar sus variados estilos, algo que me parece era menos notable cuando Alex Turner se disfrazaba de Danny Zuko. Sé que la opinión que tengo sobre sus dos más recientes grabaciones no es la común, pero esto que yo no veo tanta discordancia en el concierto. Este duró poco más de dos horas y valió la pena por la compenetración de los cuatro miembros, la energía de su vocalista y el notable sabor que tienen sus canciones clásicas combinadas con el nuevo material.
Todo empezó como lo hizo en el Corona Capital del 2022, con ‘Sculptures of Anything Goes’, esa ominosa y tenebrosa canción de su más reciente grabación, The Car. La canción resulta ser una excelente introducción, por más que no hay ni un solo momento así en el resto de su discografía. A su vez, esta atmósfera permitió el acoplamiento de la banda en el escenario y sus fans en una noche fresca de la capital mexicana. Después, como han acostumbrado en muchas de sus giras a través de los años, el ambiente es corrompido por la urgencia de ‘Brianstorm’, uno de sus más destacados sencillos en sus primeros años, sobre todo porque fue el primero que mostró una grabación de la banda que no llevara ya años circulando en internet. Ni una nota fuera, energía pura, Alex Turner es un narrador ensimismado que hasta que termina esta canción decide saludar al público.
Su interacción no es mucha, pero la intenta hacer valer. Aun así, las canciones de la banda le permiten ser enigmático o explosivo a conveniencia. ‘Don’t Sit Down Caused I’ve Moved your Chair’, una canción que nunca me ha gustado, lo incita a bailar y caminar por el escenario. En lo opuesto, ‘Tranquility Base Hotel + Casino’ lo mantiene en la base de su micrófono cantando como un serio baladista frente a su enorme audiencia. Los clásicos continuan: ‘Teddy Picker’ es una de sus canciones más entretenidas; me es facil seguir y cantar ‘Crying Lightning’ y su solo a la stoner rock; ‘Mardy Bum’ fue una grata sorpresa para mi yo de 14 años y maravillosamente recibida por todo el público. Cabe mencionar que Cook, O’Malley y Helders tocan cada canción como si siguieran presentándose en un bar de su natal Sheffield. Los tres tienen la energía, o al menos el carácter para mantener su música esencial y efervescente, mientras el teatral Turner hace el show a su manera.

Foto: Ocesa
Especialmente Helders es protagónico. Muchas veces se cuestiona en la red sobre su rol en los más suavizados y tranquilos sonidos de los últimos dos álbumes de los Arctic Monkeys. Sin embargo, es un miembro participativo aun en los momentos más callados, y este set le permitió lucir sus talentos, los cuales considero que lo hace uno de los más destacables bateristas de rock de este siglo. Presta su voz en números de AM como ‘Snap Out of It’ y ‘Knee Socks’ y se divierte como niño tocando ‘Pretty Visitors’ o ‘Fluorescent Adolescent’. Por cierto, estas últimas dos también me hicieron sentir nostalgia y regresar a los días de mi primer iPod. Y además no se sintieron fuera de lugar una después de la otra.
Esto es algo que he destacado de Tranquility Base Hotel + Casino (2018) y The Car (2021). A simple vista podrán parecer un completo cambio de estilo en los Arctic Monkeys, pero en realidad combinan con el resto de su catálogo. Y eso no es solo porque al final el género sigue siendo el mismo y la banda y Alex Turner tienen una voz en particular, si no porque la música que los hizo una sensación en internet a mediados de los 2000s no difiere tanto de lo que ahora; con mayor experiencia están retratando sentimientos similares expresados a través de música que les acomoda. Y es por esto que uno de los momentos más destacados de la noche es ‘There’d Better Be a Mirrorball’ (olvidé mencionar que la mencionada esfera, colgó sobre ellos durante toda la presentación). Esta canción es una de las mejores baladas que Turner ha escrito, una oda a una relación en estado terminal que recuerda a Sinatra y al también oriundo de Sheffield, Richard Hawley. La canción invita a que todos canten al unísono y muchos de los casi 60 mil asistentes prendieron las linternas de sus celulares para seguir a Turner mientras apasionadamente se pregunta si hay algo mejor para el después del fin la relación.

Y aquí llegamos también a la dualidad de las épocas de los Arctic Monkeys. Después de ‘There’d Better Be a Mirrorball’ tocaron ‘505’. Otra de sus mejores baladas, con una coda apasionante, una esencial de su discografía que siempre tiene un toque especial y melancólico. Ambos números son similares pero únicos y funcionan a la perfección en el mismo set. Y esto ocurrió de manera parecida en el cierre del set principal. Primero, el que pienso es su más grande hit: ‘Do I Wanna Know’ y depués ‘Body Paint’, una destacada oda de The Car. Está última evoluciona lentamente en la grabación y tiene un final gratificante, pero en el concierto Turner y compañía lo expandieron a niveles insospechados, el líder aprovechando para hacer brillar su guitarra con un enérgico solo muy acorde con el derroche de desamor de la canción.
El encore nos traería un poco de fan service: sin contar la ominosa balada ‘I Wanna Be Yours’, el cuarteto revivió la llama de sus primeros años tocando ‘I Bet You Look Good on The Dance Floor’, uno de sus mejores y más famosos sencillos, que puso a todo el público a bailar, adecuadamente. Y finalmente, el concierto terminó con ‘R U Mine’, un número predilecto para la banda que si bien no es de mis preferidos, es un cierre sólido y muy bien recibido. Esto último es evidencia, que aún dentro de sus propios límites, los cuales están expandiendo, los Arctic Monkeys son una banda versátil y entretenida. Su música en realidad nunca ha disminuido su calidad como para descartarlos como solo una banda emblemática del rock mainstream; al contrario, aun en su creciente popularidad y permeo en otros sonidos, son también uno de los actos más consistentes e interesantes entre aquellos que llenan estadios y encabezan el Glastonbury. Su reciente tendencia musical podrá contrariar a propios y extraños, pero verlos en vivo debería ser suficiente para no solo apreciarla sino también disfrutarla de la misma manera que se puede hacer con toda su discografía.
Nota del autor: La banda no tocó ninguna de mi Top 3 canciones favoritas de ellos: ‘Dance Little Liar’, ‘Cornerstone’ y ‘A Certain Romance’, no es reclamo pero nada es perfecto en esta vida.

Leave a Reply